Durante 20 años Los Hermanitos recorrieron el underground rural galego con una banda de rock and roll. Hasta que un día decidieron reinventarse siguiendo los consejos de un nuevo espíritu que se les aparecía en las largas noches de lluvia del noroeste. Un espíritu que tiene muchos nombres: americana music, country alternativo, rock de raíces o folk rock.

Atrás quedaron los ritmos más pesados y la exuberancia de arreglos. Ahora son otros territorios los que recorren buscando sonidos más puros y desnudos. Sin adornos ni artificios. La intensidad cruda. Los Hermanitos quieren contar únicamente las historias que les interesan. No ofrecen licores que antes no hayan bebido.

En aquel sitio donde vivíamos, a nuestros amigos no les caíamos muy bien. Al resto del pueblo, mejor ni hablar. Nos culpaban de todo. Una vez un bestiajo le tiró un pedrolo a una orquesta de pachanga. ¿Quiénes fueron? Los hermanitos. Allí aún se recordaba la primera actuación de la Orquesta Panorama con la misma veneración que en la Scala de Milán conmemoran el inolvidable concierto de Toscanini. Reverenciaban la pachanga. Así que aquellos melómanos nunca nos lo perdonaron.

Un día la Guardia Civil encontró un zulo de cerveza en un monte. Tuvimos suerte y, en lugar de discutir el hallazgo y planear sus pesquisas en su Sala de Operativos del Cuartel, se fueron a un bar de por allí. Un camarero se chivó:

Hablaban con la boca llena pero conseguí entenderles. “Esto han sido Los Hermanitos”, dijo el Teniente Panzotas. De verdad que os odia. Hasta se le atraganta la tortilla cuando habla de vosotros.

A partir de ahí ya nos caímos con todo el equipo. Y no solo empezaron a culparnos de la misteriosa ola de crímenes relacionados con la birra que sacudió al pueblo. Sino con todo lo demás. No había desgracia de la que no nos responsabilizasen. Cosas que para ellos eran importantes. Signos maléficos. Abortaban las terneras, a un lugareño se le apareció un cerdo parlante, nació una lechuga con dos cabezas. Todo era culpa de Los Hermanitos.

Aquel cielo estaba permanentemente cubierto por una nube negra como en los cuentos de castillos tenebrosos. Algunos meteorólogos defienden la hipótesis de que la hijaputez colectiva genera bajas presiones. El caso es que tenían buenas lluvias, vaya que sí. Pero un año hubo una sequía extrema de casi una semana y se les agostó parte de la maleza de las cunetas, los tojos y las zarzas que con tanto amor cultivaban. ¿Quién tuvo la culpa? Los Hermanitos.

Fue entonces cuando fundamos una banda de rock and roll. Se llamaba Robín de los Estercoleros y su Alegre Banda de Pataphísicos. Ya el nombre da la medida de las excelsas obras que nuestras sensibles mentes alumbraban. Pero total pa ná. Era como darles miel a los cerdos: para aquellos tipos solo éramos los blasfemos que apedreaban a las orquestas. La banda no era muy querida. No todo el mundo puede decirlo, nosotros sí. Llegamos a ser mofetas en nuestra tierra.

Los robos de la birra cada vez tenían más alarmada a la población. Hasta que un día, en uno de aquellos asaltos, uno de los maleantes le dio un mordisco a una barra de mortadela. Sus piezas dentales quedaron marcadas en el fiambre rosado. ¡Al fin una prueba! Desde entonces el pueblo entero se conjuró para intentar enredarnos en sus astutas y maliciosas tramas para observar nuestra dentadura por ver si coincidía. No había día que no saliésemos a la calle y, así taimadamente, como quien no quiere la cosa, nos dijesen frases del tipo: “si llevas la boca siempre abierta no tienes que andar cerrándola y abriéndola todo el rato”. Otros optaban por contarnos chistes que allí se consideraban graciosísimos. Una historia puede ser bonita hasta que la escuchas cien veces. Así empezamos a odiar nosotros al perro Mistetas.

También nos odiaba a nosotros, y cada día más, el Teniente Panzotas. Era tal su obsesión por atraparnos que llevaba siempre el molde de mortadela con él en el bolsillo. Decía “ahora es cuando se pone en marcha la rueda implacable de la ciencia policial forense”. La gente le jaleaba. Sin embargo, un día le entró el hambre y se la comió. Con pelusillas y todo. Levantaba el puño al cielo y clamaba: “¡Os cogeré, malditos hermanitos!”.

Así que tuvimos que irnos de allí antes de que fuese demasiado tarde. Iniciamos un penoso y largo exilio. Sí, las giras con la nueva banda eran exitosas, pero no teníamos hogar. En nuestra odisea personal vivimos muchas aventuras. Una vez un tipo de la comisión nos dijo: “No haréis play-back, ¿no? Si hacéis play-back os corremos a pedradas”. Qué tiempos aquellos en que se valoraba la integridad artística. Ahora les da igual todo. Otra vez nos contrataron para tocar para una concentración motera. No apareció ni la primera moto. Ni una. Para nuestras mentes científicas eso era debido al completo éxito de la concentración. Como estudiosos de la física dedujimos que, al igual que el universo había sido creado del estallido de una ínfima porción no visible de masa concentrada, quizá allí empezaran a explosionar por doquier vespinos y mobylettes. Desde el escenario no perdíamos ojo a la explanada desierta mientras desgranábamos nuestro inmortal repertorio esperando el Big Bang de las Montesas y Bultacos. Pero el tiempo cósmico es más lento de lo que pensamos.

Por fortuna para nuestro insaciable amor por el conocimiento, en múltiples ocasiones pudimos encontrar a nuestro público en la misma forma concentrada e invisible tal cual primigenias partículas elementales. Alargábamos los conciertos horas y horas ante pistas vacías esperando el nacimiento cósmico de borrachines y jaraneras.

Pero en fin, de vez en cuando aparecía por ahí alguno. Siempre hay algún borrico que viene a joder la cosmología. Se fue juntando un grupo de admiradores que nos quería y respetaba: una teóloga negacionista del Holocausto, un tipo que se “tatuaba” cada mañana un pene en el hombro con su bolígrafo Bic, un cleptómano especializado en ferreterías, un ajedrecista vasco y un cartero autista. Además de estos, había otros que estaban realmente mal de la cabeza. Pero en fin, uno no elige a sus amigos. Y además nos ayudaban mucho. Éramos tan miserables que un día íbamos a tocar haciendo auto-stop y nos pararon los fans que acudían al concierto.

Los otros músicos sí seguían viviendo en el pueblo. De vez en cuando a nosotros nos embargaba la nostalgia pero allí nos seguían odiando. No podíamos volver. La banda no iba sonando mal. Vale que ninguno era Paganini, pero en fin, qué otros hubiesen soportado escuchar todos y cada uno de los días de su vida frases del tipo “con lo buen chaval que eres, cómo te metiste en el grupo con esos dos gilipollas”. Esto hay que valorarlo.

Así que, así, hormiguítamente fuimos haciéndonos un nombrecillo. Veinte años después de iniciado nuestro exilio editamos un disco. Tenía un diseño gráfico del que enorgullecerse. Sí, señor, y una portada de la leche. Tocábamos cada vez más. Incluso ganamos algo de pasta. Nos daba igual punk que rock sureño. Medios tiempos que country. Todos los palos del rock and roll dominábamos en nuestra infinita sapiencia. Recorrimos algunas de las plazas más renombradas del rock: Chantada, Redondela, Melide, incluso llegamos a tocar en Serra de Outes. Estábamos en la cumbre. Ya no podíamos llegar más alto. Así que decidimos deshacernos. Mejor así, desde arriba.

El resto de músicos volvió a sus quehaceres en su pueblo. Pero nosotros nos quedamos solos. Sin hogar. Sin raíces. Sin nombre. Dejamos de ser “Los Estercoleros” y ¿qué éramos? Nada. Espíritus. Espectros. Una mañana nos vimos en el espejo. Habíamos envejecido. Ya no éramos aquellos simpáticos robabirras del pasado. ¿Quién podría reconocernos? Así que volvimos por última vez a nuestra vieja villa. Las cosas habían mejorado mucho desde nuestra marcha. Los tojos y las zarzas se extendían allí donde abarcaba la vista y la nube enorme negra de hijaputez ocupaba espléndida el vasto cielo. Ahora ya todos los lugareños entendían el lenguaje de los cerdos y Panzotas había ascendido a general. Nadie nos había llorado. Sin nosotros la vida era mejor. Caminamos por su única calle, que ahora se llamaba Avenida del Combo Dominicano, pensando que nadie nos reconocería. Pero el primero de los lugareños con el que nos cruzamos nos miró torvamente. “Vosotros sois los apedrea orquestas –dijo-, los hermanitos, los putos Hermanitos”. Luego empezó a gritar llamando a los demás que asomaban amenazadoramente sus cabezas por entre los visillos. Tuvimos que huir.

Rendidos, dejamos atrás nuestra casa para siempre. Aprendimos a vivir en el ostracismo. Decidimos volver a la música, nuestro único hogar. Habíamos vivido el éxito. Giras por A Baña y Melide. Inolvidables galas en el Pub Hydra de Folgoso do Caurel. Pero también el fracaso. El dolor. La falta de birras. El desprecio de nuestros convecinos. Éramos otros hombres. Aceptamos una misión: despojar a la palabra “folk” de su horrenda acepción. Decidimos hacer folk-rock. Rock de raíces para aquellos que no tenían raíces. No. Pero al menos teníamos ya un nombre. Los Hermanitos. Los putos hermanitos.

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